El 28 de noviembre amaneció la bahía de Paita (Perú) con la normalidad del bello espectáculo de un pueblo peruano eminentemente marinero: centenares de proas abarloadas viendo cara a a cara a la ciudad, moto-taxis trasegando gentes de los muelles, chalana-taxis, algunas a motor y otras muchas todavía con el arte de cingar, recogiendo a marineros en los barcos en una danza de ida y vuelta, y familias montando a lo largo del espigón sus cebicherías portátiles con los primeros rayos del día.Pronto, una muchedumbre agolpada en la orilla de la playa adyacente al espigón pesquero perturbó el cotidiano ajetreo de la actividad portuaria despertando la curiosidad de todos, ¿qué sucedía?
Una ballena jorobada se encontraba a unos metros de la orilla con decenas de personas sobre su cuerpo. Sus cuchillos seccionaban trozos de carne que rápidamente, sonrientes, entregaban en la orilla a familiares y amigos ante la presencia de las autoridades que se encontraban en el lugar. Volvían sin demorar un solo segundo sobre la enorme despensa de alimento que la Mar les había regalado. El primer impacto ante lo que estábamos presenciando fue demoledor. La moral que hemos ido adquiriendo en la sociedad moderna con respecto a las actuaciones humanas sobre el resto de especies animales y la naturaleza en general nos produjo un desasosiego difícil de soportar hasta que nuestro exceso de celo o nuestros erróneos principios de especie dominante y aniquiladora que todo lo pueden pasan a un segundo plano. Con el paso de los minutos nuestra minúscula realidad comenzó a mostrarse transparente y en vez de ver sobre la orilla una demostración palpable de una sociedad cruel e inmoral con respecto a la naturaleza esta nos mostró la tristeza de la crueldad e inmoralidad de la sociedad consigo misma.
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